Un asalto de 40 minutos en un barrio de lujo - Runrun

ANTONIO CAÑO | Washington

«Se ha hecho justicia», dijo Barack Obama al anunciar, al filo de la medianoche en Washington, que Osama Bin Laden, el líder de Al Qaeda y el inspirador del movimiento terrorista que ha tenido en jaque a Estados Unidos y el mundo durante más de una década, ha muerto en una acción militar norteamericana en Pakistán. Las fuerzas estadounidense tienen la custodia de su cadáver.

«Estoy en condiciones de anunciar al mundo que una operación militar conducida por Estados Unidos ha conseguido matar a Bin Laden», declaró Obama desde la East Room de la Casa Blanca, sin duda una de las frases más importantes que pronuncia desde que es presidente, unas palabras que marcarán su gestión y que abren una nueva era en una guerra contra el terrorismo que ha consumido las energías de Estados Unidos y ha definido sus relaciones internacionales de forma decisiva. Con la caída de Bin Laden no solo se acaba con el principal autor intelectual del 11-S, sino que se descabeza al terrorismo islámico.

Obama informó que las primeras pistas que apuntaban hacia la localización de Bin Laden llegaron el mes de agosto de 2010, y que la semana pasada ordenó lanzar la operación de captura una vez comprobado que las pruebas de que se disponía sobre su situación eran concluyentes. Fuentes oficiales norteamericanos añadieron que el fundador y líder de Al Qaeda resultó muerto en una residencia situada en la ciudad de Abottabad, en Pakistán.

Aunque no se conocen aún todos los detalles de la operación, se ha informado que Bin Laden murió como consecuencia de los disparos realizados durante el asalto del comando norteamericano a una casa situada en un barrio de mansiones de lujo en el que viven varios oficiales retirados del Ejército paquistaní. La acción duró unos 40 minutos y participaron en ella únicamente miembros de las agencias de seguridad de Estados Unidos.

El comando norteamericano utilizó helicópteros para realizar el ataque y encontró poca resistencia. Algunos de los colaboradores de Bin Laden murieron junto a él, entre ellos uno de sus hijos. Ninguno de los estadounidenses que participaron en el ataque, al parecer dirigido por la CIA, resultó muerto o herido. Estados Unidos tan solo perdió un helicóptero, al parecer debido a problemas de carácter técnico. Obama afirmó que su país contó en esta misión con la cooperación de Pakistán, cuyo gobierno, dijo, comparte con el de Estados Unidos, la satisfacción por el resultado de la operación.

Los agentes que seguían la pista de Bin Laden disponían, aparentemente, de información procedente de alguno de los individuos que rodeaban al líder terrorista en los últimos días. La prueba última de que se encontraba en esa residencia horas antes del asalto fue la detección de un significativo volumen de mensajes hacia su interior. El espionaje norteamericano ha confirmado que esa residencia, en una ciudad de los alrededores de Islamabad, existe desde hace cinco años, aunque no conoce desde hacía cuánto tiempo estaba siendo utilizada por Bin Laden.

El anuncio de su muerte, que sorprendió a los norteamericanos en las últimas horas de una noche de domingo, supone una enorme reivindicación para los cientos de soldados norteamericanos que han perdido la vida estos años en la guerra contra el terrorismo y los miles que han participado en las campañas de Irak y Afganistán. Pero, especialmente, representa el momento más esperado por los familiares de los cerca de 3.000 muertos en los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York, Washington y Pennsylvania. Varios grupos de personas, especialmente jóvenes, se concentraron anoche frente a la Casa Blanca para cantar el himno nacional y celebrar la noticia.

Obama advirtió que, probablemente, Al Qaeda seguirá intentando atacar a Estados Unidos después de la muerte de su líder. Pero es evidente que la desaparición del hombre que concibió esa red y tuvo la osadía de atacar los símbolos más claros del poder militar y económico de Estados Unidos -el Pentágono y las Torres Gemelas- significa un golpe moral para el entramado que justificaba el terrorismo en nombre de la defensa del Islam.

El presidente norteamericano insistió ayer en que Bin Laden no era un líder musulmán y en que Estados Unidos no está en guerra contra esa confesión religiosa. Es imprevisible, no obstante, las reacciones que la muerte de este personaje, un auténtico mito entre una corriente radical del pensamiento islámico, pueden provocar en el mundo. El Gobierno norteamericano puso en estado de alerta a todas sus embajadas ante el riesgo de que sean blanco de posibles represalias.

Obama mencionó en su intervención el nombre de George Bush, el presidente que primero declaró la caza de Bin Laden, misión a la que consagró su presidencia. No pudo, sin embargo, atraparlo cuando, poco después de la invasión de Afganistán, el líder de Al Qaeda se encontraba acorralado en las montañas de Tora-Bora, en ese país.

Desde aquel momento, Bin Laden consiguió huir a Pakistán, donde se cree que ha permanecido durante todo este tiempo protegido por sus secuaces y por los simpatizantes que Al Qaeda tiene en un territorio en el que el extremismo islámico ha crecido considerablemente en los últimos años.

Es difícil anticipar el impacto definitivo que la muerte de Bin Laden puede tener en el terrorismo internacional. Al Qaeda había evolucionado últimamente como una especie de franquicia de la que formaban parte distintos grupos extremistas unidos únicamente por su fanatismo y su odio a Estados Unidos. No se conoce hasta qué punto las órdenes de Bin Laden eran obedecidas por todo ese complejo entramado. Pero lo que sí es indudable es que su figura constituía, además de un banderín de enganche para nuevos terroristas, un punto de referencia que le daba coherencia y vitalidad a todo ese movimiento.

La muerte de Bin Laden, por otra parte, le da sentido, como recordó ayer Obama, a la guerra de Afganistán, de donde Estados Unidos empezará la retirada el próximo mes de julio sin que hasta ahora hubiera signos evidentes que hicieran sentir que ese esfuerzo militar había valido la pena.

Finalmente, la desaparición de Bin Laden es un momento crucial de la presidencia de Obama. Aunque su muerte es el fruto, seguramente, de muchos años de un meticuloso y silencioso esfuerzo de espionaje, Obama será el presidente que pasará a la historia como el que abatió al enemigo que más daño causó a Estados Unidos en su propio territorio continental en toda la historia.

Nota tomada de El País, publicada el 02 de Mayo escrita por el periodista Antonio Caño