Resolver el daño causado por desnutrición podría tomar hasta una generación

hambre

 

El 15 de marzo, el presidente Nicolás Maduro, en una transmisión televisiva desde un organismo de la Misión José Gregorio Hernández, se encontró de frente con la desnutrición que pone en riesgo a 15% de la población infantil, según datos manejados en Cáritas de Venezuela. Y la ignoró.

Yohandry Smith, de 25 años de edad, aprovechó la ocasión para pedirle ayuda al mandatario, pues tiene 4 años viviendo en un refugio con sus 4 hijos. “De verdad, soy de bajos recursos. Mis niños me están presentando problemas de nutrición”, dijo la mujer. Maduro, con risa nerviosa y tratando de zanjar la conversación, le dijo que contara con su apoyo e instó a una trabajadora social a que atendiera el reclamo “en vivo y en directo”. Sin embargo, la desnutrición, un mal silencioso no es tan fácilmente corregible, al principio, y podría tomarle al país hasta una generación completa para resolver los daños cognitivos y fisiológicos, sobre todo en poblaciones tan vulnerables como la infantil, de acuerdo con la nutricionista de la Fundación Bengoa, Marianella Herrera.

La niñez está condicionada a crecer esperando que a su casa llegue la caja del CLAP o que su familia consiga pan en medio de una férrea fiscalización a las panaderías, que amenaza con desaparecer el producto tal como ha pasado en ocasiones similares anteriores. La expectativa no es la mejor.

Los estragos de la falta de comida constituyen un tabú en los discursos oficiales, pero la Asamblea Nacional, en la sesión ordinaria del 14 de marzo, declaró la crisis humanitaria por la situación de hambre que se vive en Venezuela. El diputado Carlos Paparoni aseguró que en lo que va de 2017 han contabilizado 27 niños que han muerto de hambre.

La desnutrición podría potenciar aún más el aumento de la mortalidad infantil. En un arqueo digital de informaciones nacionales y regionales de muertes por desnutrición, saltan a la vista, al menos, 9 fallecimientos de niños menores de un año: uno, en Zulia, en Aragua, en Monagas y en Trujillo, y cuatro, en Bolívar.

Menos vida. La Encuesta Condiciones de Vida 2016 halló que 93% de los hogares venezolanos no tiene dinero para comprar sus alimentos, y en la Encuesta Nacional de Hospitales encontraron que solo 1,3% de los centros de salud tenía buen inventario de fórmulas lácteas, mientras en 64% no tenía ninguna para dar a los bebés que allí atienden.

“Lo que ya se registra es la muerte de niños debido al hambre. Cuando la alimentación y la salud se afectan al mismo tiempo, la mortalidad aumenta exponencialmente. Hasta ahora la crisis de salud la hemos estado financiando con el sobrepeso que teníamos, era una chequera, pero ya no la tenemos”, advierte la nutricionista de Cáritas, Susana Raffalli.

Las cifras oficiales de mortalidad neonatal corresponden a 2015. En la memoria y cuenta del Ministerio de Salud de ese año se reveló un dato alarmante: de 0,05 niños fallecidos por cada 1.000 nacidos vivos en 2014, Venezuela pasó a tener 2.010 niños fallecidos al año siguiente; es decir, 100 veces más. Desde noviembre de 2014 el ministerio no publica el Boletín Epidemiológico Semanal, en el que se recogían esos datos, y este año tampoco se presentó la memoria y cuenta de 2016.

Herrera cree que puede haber un componente de desnutrición, incluso, en esos datos. “Solíamos hablar de entre 6% y 9% de recién nacidos con bajo peso. Ahora no tenemos cifras oficiales y las expectativas no son buenas cuando los casos de desnutrición aguda, que han sido diagnosticados en el Hospital J. M. de los Ríos en todo 2016, fueron 120, cuando en años anteriores se veían 5 veces menos”.

 

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