¿Qué espera el país de Ramos Allup en la presidencia de la AN?

RamosAllup

Por Julio Nicolás Gómez

Si para asuntos ordinarios buscamos a un especialista, ¿por qué no he de necesitar uno para el ejercicio del buen gobierno? Puede que sobre está premisa este girando la confianza de los 62 diputados de la MUD, quienes el pasado domingo le confiaron su voto a quien será desde el 5 de enero y durante un año el presidente de la Asamblea Nacional. Nos referimos a quien desde el oficialismo pensaban que nunca iba a volver: A Henry Ramos Allup.

Para algunas personas, el adeco goza de una inteligencia por encima del promedio del político latinoamericano, y puede que tanto los diputados como los caraqueños que votaron por Allup el pasado 6 de diciembre, hayan visto en él ciertas virtudes o características que permitan compensar (o enderezar), el complejo panorama político-económico que llevó al oficialismo a su primera gran derrota en casi 17 años de gobierno (la primera en tanto que el triunfo de la oposición en 2007 sobre la Reforma Constitucional, fue catalogada por el entonces presidente Chávez como una “victoria pírrica”). Pero, volviendo a lo que nos atañe, ¿en dónde recae entonces la virtud de Henry Ramos Allup?

Platón sostenía que las sociedades debían tener una estructura tripartita de clases: artesanos y labradores, guerreros guardianes y gobernantes o filósofos, entendiendo este último en su sentido más etimológico, es decir, el gobernante que es amigo de la sabiduría, el entendido, la persona que reflexiona y comprende los problemas políticos, en una frase: un técnico de los asuntos públicos.

De acuerdo a los principios de esta teoría, la democracia ateniense no estaba orientada hacia la idea de felicidad, pues de acuerdo a Platón, de los que gobernaban, muy pocos tenían la capacidad para hacerlo, y a su juicio, para gobernar se debe tener sabiduría y razonamiento. Pero, ¿quienes eran capaces de alcanzar tal grado de sabiduría?

Para Platón, la educación requería de años, empezando por las matemáticas, la astronomía, la música y finalmente la dialéctica. Un transitar que podía durar décadas, pero que solo aquellos que experimentaran y aprehendieran la idea de bien, serían los reyes-filósofos, es decir, los elegidos para conducir los destinos de la ciudad (la Polis) y que en edad no debían ser menores a 50 años.

Henry Ramus Allup inició su carrera política a los 14, hoy tiene 72 años y el partido que preside (Acción Democrática) 74 años de fundación, de los cuales, ha estado los últimos 15 ocupando el cargo de secretario general nacional, electo por las bases tres veces en 10 años. Si nos ajustamos a los criterios de tiempo que debe tener un buen gobernante o filósofo, según Platón, Ramos Allup se ajusta perfectamente a ello.

En lo que tal vez no se ajuste mucho, es en la imagen de cambio y de renovación que quiere transmitir la MUD. Efectivamente Allup no es el rostro más fresco ni renovador dentro de la Unidad Democrática, puede incluso que ni lo sea dentro de su propio partido (en alusión a los que demandan una persona más joven o que represente una imagen distinta a la denominada Cuarta República), pero cierto es que su durante toda su vida ha estado inmerso en el debate político, y puede que ahora desde la presidencia de la Asamblea, manifieste una forma distinta de llevar la conducción del poder legislativo; una que sea diametralmente opuesta a la que durante años enarboló con orgullo el partido de gobierno (PSUV).

Los filósofos como sabios deben encaminarse hacia la justicia, es decir, hacerse de las otras tres virtudes platónicas: Moderación, Valentía y Templanza, para acercarse y consolidar la última virtud, fundamento y sustento de las otras tres: La justicia. Y he aquí la clave de lo que gente espera.

Durante 10 años, la Asamblea Nacional se convirtió en un apéndice del ejecutivo. No había a quien interpelar, pero si había a quien destituir, perseguir y arrebatar, como fue el caso de María Corina Machado, a quien más nunca le permitieron la entrada al hemiciclo, dejándola también sin inmunidad parlamentaria. Fueron años de abusos, de atropellos, de ataques permanentes y constantes. Y hoy la oposición demanda de sus parlamentarios lo que durante ese tiempo no tuvo: Participación real. En parte, claro, por las decisiones erradas que se tomaron en su momento y que tuvieron un alto costo, como lo fue la abstención en las elecciones del 2005, pero es que los errores no están allí para hacernos mea culpa, sino para que sean espejo de aquello que no debe volver a ocurrir.

Hoy la oposición demanda presencia, visibilidad de sus 8 millones y justicia por los atropellos cometidos y que aún se siguen cometiendo desde el lado oficialista.

Los diputados de la MUD están apostando ahora a la perspicacia, sagacidad, inteligencia y experiencia de un Ramos Allup que no teme decir las cosas como son, y que se vale de un verbo no explosivo, pero si polémico, para generar odios y amores entre quienes lo escuchan. Sobre todo, entre ese chavismo que jamás imagino verlo de vuelta. Un chavismo que juró freirles la cabeza a los adecos, que los desplazó de las cúpulas de poder y que les dijo que no volverían. Pero que finalmente, después de 10 años, regresan a la casa del pueblo, al Parlamento donde se ven representados todos los sectores: Regresan con 112 diputados y con Allup como presidente de la Asamblea.

Los hombres son falibles, no absolutos ni perfectos. Allup no es la excepción, pero durante un año intentará asomar una política genuina, una política sincera y de encuentro. Que incluso sirva de ejemplo para el propio oficialismo. No se tiene ni se tendrá la fórmula mágica para construir sociedades perfectas ni para salir de la crisis en tiempo récord. Por eso todo aquí, en este mundo, es criticable, todo es perfeccionable, todo puede ser modificado en un movimiento infinito que no tiene límites más que aquellos marcados por la intolerancia, es decir, por el totalitarismo. Eso fue lo que durante 10 años representó el oficialismo: Un sola voz dentro del Parlamento y ahora tendrán que acostumbrarse a que en el mundo existen otras voces distintas a las suyas.

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