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Unos dan como autor de la frase a Fernand Braudel, otros a Marc Bloch. Como los dos fueron historiadores -quizás los más grandes de la moderna historiografía francesa- la frase puede ser de los dos sin que ninguno hubiera querido plagiar al otro. Suele suceder. La frase es: “Hay que estudiar al pasado como si fuera presente y al presente como si fuera pasado”. Frase que sintetiza el exacto sentido de la vocación historiográfica.

Estudiar el pasado como presente significa ponerse en el lugar en que ocurrieron determinados hechos interpretando a sus actores de acuerdo al tiempo en que ellos vivieron, muy diferente por cierto al del historiador. Estudiar al presente como pasado significa por su parte, tomar cierta distancia respecto a hechos que están ocurriendo. Luego, investigar si entre ellos existe alguna articulación a fin de dilucidar si estamos o no frente a esas cadenas relacionales a las que los historiadores denominan “procesos”. Esa es precisamente la operación que he intentado realizar con respecto a los últimos acontecimientos de Venezuela. Así pude darme cuenta de que muchos de ellos solo pueden explicarse en el marco de un proceso histórico ya en parte constituido. Me refiero al que está llevando al modo de dominación chavista a su fase terminal. Los síntomas son evidentes.

Antes que nada he de dejar claro que no escribo “modo de dominación” por azar. Pues a diferencias de lo que fue el chavismo en sus orígenes, un movimiento social populista y después, un gobierno popular y militar, bajo Maduro el chavismo ya no es un movimiento, ni siquiera es un gobierno populista, e incluso, menos que un gobierno parece ser cada vez más una simple jefatura.

El chavismo bajo Maduro, o madurismo, es un modo de dominación en el que predomina la razón militar por sobre la lógica política. En cualquier caso ya no se trata de una democracia. De lo que fue tal vez una democracia solo quedan las elecciones a las cuales Maduro -al fin y al cabo castrista- otorga muy pocas simpatías.

Importante es destacar que el chavismo después de las elecciones del 15A ha experimentado una metamorfosis, es decir, ha mutado su carácter político y social. Esa metamorfosis es un factor decisivo tanto para el análisis político como para las tareas que esperan a la oposición democrática.

Por de pronto hay que precisar de que ya no estamos hablando de un gobierno de mayoría absoluta sino de uno de mayoría relativa (y muy relativa).

Cuando más Maduro representa a la mitad del pueblo. Si a la mitad más grande o a la más chica, se verá en los comicios del 8D. De modo que mientras Chávez era representante de un pueblo y medio, Maduro es uno de medio pueblo. Aspecto cuantitativo de enorme importancia ya que bajo esas condiciones Maduro porta consigo un notorio “vacío de pueblo”.

Chávez, no es un misterio, logró unir la dimensión populista con la militarista. Maduro en cambio, sin ser militar, es cada vez menos populista y cada vez más militarista. Maduro es el jefe civil de un régimen tendencialmente militar, y por lo mismo, muy poco político. Por lo demás, la militarización del madurismo se veía venir desde el mismo momento en el cual Maduro asumió sus funciones.

Ya desde los primeros discursos del mandatario quedó claro que su objetivo era destruir el lenguaje político, tarea comenzada por Chávez. No solo renunció a cualquier tipo de dialogo con la oposición, además redobló las andanadas de degradantes insultos que hicieron famoso a su predecesor.

Si tenemos en cuenta que la política es antes que nada lenguaje político, renunciar al lenguaje político es renunciar a la política. Y bien, ¿qué sucede cuando en un país ya no imperan condiciones políticas? La respuesta es evidente: imperan condiciones pre-políticas.

Venezuela bajo Maduro ha experimentado una regresión al mundo pre-político (no secular) de la historia.

En el mundo pre-político las relaciones interhumanas son regladas de acuerdo a usos religiosos y violentos. Esos dos usos son también los que rigen las relaciones establecidas por Maduro con sus ciudadanos. A los suyos les ofrece una religión oficial, una mescolanza de atávicas supersticiones con cultos paganos pseudocristianos destinados a realzar la eternidad de Chávez. A sus contrarios, que para Maduro son enemigos, solo les ofrece guerra.

La religión y la guerra son constantes de las alucinaciones que periódicamente experimenta Maduro. Por eso los adversarios no son para Maduro contradictores políticos. Son, en el exacto sentido del término, “infieles”. A los que no creen en la nueva religión, la chavocristiana, ha declarado Maduro una “guerra santa”: Una Cruzada.

Maduro vive la política como Cruzada. Sus enemigos son para él la representación del mal sobre la tierra. La trilogía del mal estampada en las figuras de María Corina Machado, Leopoldo López y Henrique Capriles es el testimonio no tanto de perturbaciones personales sino de un político que ha regredido a los umbrales del mundo pre-político: el de la superstición, el de la religión idolátrica y por cierto, el de la guerra santa.

Las alucinaciones de Maduro son objeto de burla mundial. Casi no hay país en donde la gente no carcajee gracias al presidente que duerme al lado de la tumba de Chávez, del aparecimiento del rostro de Chávez en las estaciones del Metro, y por cierto, del pajarito piador y de la multiplicación de los penes. No obstante, si uno analiza con cierto rigor psicoanalítico dichas alucinaciones, puede ver que ellas expresan una concepción anti-política de la vida. Tomemos a modo de ejemplo las dos más famosas: La del pajarito y la de la multiplicación de los penes.

Chávez como pajarito es sin duda la réplica herética de la aparición del Ave (paloma) de la Anunciación, vale decir el Espíritu Santo. Eso significa que Chávez apareció como pájaro ante Maduro para señalar que su Espíritu lo acompaña. Luego, la tarea que debe llevar a cabo Maduro excede los marcos de un gobierno normal. Su misión histórica es la realización final de la Revolución iniciada por su Creador. Él, Maduro, fue ungido por el pajarraco divino como hijo del Espíritu de Chávez: Su reencarnación terrenal. Representación que para la estabilidad política de cualquier país es altamente peligrosa, no cabe duda.

Más peligrosa aún es la visión de la multiplicación de los penes. Por cierto, se trata (solo) de un lapsus (acto fallido). Pero justamente ahí está el problema. Porque si uno lee el significado del lapsus en la “Psicopatologia de la Vida Cotidiana” de Sigmund Freud, sabremos que el lapsus (del mismo modo que el sueño) surge de un deseo inconsciente que actúa sobre el plano de la sintaxis oficialmente regulada. Los penes que sustituyen a los panes son en este caso reveladores. Pues el pene, sigamos otra vez a Freud, es la representación simbólica del poder.

En la castración imaginaria ejercida por el Padre sobre el hijo y en la ausencia del pene en la mujer, vio Freud un sentimiento de ausencia de poder, en el primer caso del niño frente al Padre, y en el segundo de la mujer frente al Hombre. Lacan agregaría que el pene opera como sustituto imaginario del Falo, representación simbólica del poder total. Lo importante es que para ambos la imagen del pene evoca al deseo de poder. Luego, lo que desea Maduro es algo que está más allá de la representación del pene: el poder. Pero no solo el poder en sí, sino un poder multiplicado.

Ahora, si el deseo es el deseo de lo que no se tiene (Sócrates), lo que revela el lapsus de Maduro es su deseo de más poder. Y es lógico. Al lado de su Padre siempre él será alguien con menos poder. Un desposeído. Lo que desea Maduro entonces es el poder del Padre (Chávez).

Ahora, dejando a un lado el análisis del símbolo freudiano, vale la pena destacar que en términos históricos hay tres tipos de poder. El poder social, el poder político, y el poder de la fuerza bruta. Siguiendo esa tipología será posible consignar que Maduro nunca va a tener más poder social y político que Chávez. Luego, no le queda más alternativa que el poder de la fuerza bruta. Eso quiere decir que entre el deseo de la multiplicación de los penes (del poder) y la creciente militarización del Estado hay un vínculo casi directo. O dicho de modo más plástico: Mientras Chávez conquistó la voluntad de las armas gracias a la fuerza del pueblo, Maduro intenta conquistar la voluntad del pueblo gracias a la fuerza de las armas. Ese, y no otro -y a ese punto vamos- es el significado de la creciente militarización del Estado venezolano.

Volviendo entonces a la idea inicial, la militarización del poder expresa la metamorfosis del chavismo. Eso no quiere decir que Maduro carezca de poder social. Pero ese poder social no es el mismo de Chávez.

El poder social de Chávez era el del mayoritario pueblo chavista. Podríamos decir, en ese sentido, que en torno a Chávez las muchedumbres se constituyeron como pueblo. Bajo Maduro, en cambio, ocurre lo contrario. El pueblo chavista está volviendo a su condición pre-chavista: masa desorganizada, muchedumbre, populacho e incluso lumpen.

Mientras bajo Chávez tuvo lugar un proceso de rearticulación social, bajo Maduro tiene lugar un proceso de desarticulación social. En otras palabras: Con Maduro ha sido modificada la composición social orgánica del chavismo. Por cierto, el populacho siempre acompañó a Chávez en sus aventuras, pero como un agregado del “pueblo”. Con Maduro, en cambio, está siendo transformado en un actor social principal.

Sintetizando: La alianza pueblo-ejército representada por Chávez ha sido convertida por Maduro en una alianza del ejército con una muchedumbre desorganizada en estado de descomposición social. Quizás no hay mejor ejemplo para sustentar lo expuesto que los saqueos organizados por las cúpulas del régimen en algunas tiendas de Caracas (10.11. 2013). Primero, el propio gobierno incitó al saqueo. Más tarde reculó y apeló al Ejército para que controlara el caos organizado. Para culminar, llamó a las milicias bolivarianas -organización anti-constitucional en donde confluyen elementos del populacho con militares en ejercicio- a fin de controlar el comercio y de paso ocupar las calles de las ciudades. Si todos esos movimientos obedecen a una estrategia cuidadosamente planificada, o solo son manotazos de alguien que se ahoga, no viene al caso analizar aquí. Lo cierto es que de una otra manera esos son signos de la descomposición social y política de un régimen que fue popular y que a estas alturas no es más que un sistema de dominación crecientemente militar y, por lo mismo, represivo.

Si uno busca situaciones similares en la historia universal, una de las que más se aproxima al caso venezolano fue la que se dio en Francia durante los luctuosos sucesos que tuvieron lugar entre 1848 y 1851 bajo Louis Bonaparte. Efectivamente, Louis Bonaparte fue con respecto a Napoleón Bonaparte lo que Maduro es en relación a Chávez. En el “18 de Brumario de Louis Bonaparte”, Marx descubrió que “El sobrino de su tío” -así llamaba Marx a Louis- tuvo lugar una modificación de la composición social del “bonapartismo”.

Así como el bonapartismo de Napoleón Bonaparte logró la unificación de todo el pueblo francés, el de Louis expresaba solo la alianza espuria entre el Ejército y los estamentos sociales más desarticulados de la sociedad francesa. A esos estamentos bautizó Marx como “proletariado andrajoso” (Lumpenproletariat). En gran medida, la misma alianza que tuvo lugar en las calles venezolanas durante los días del saqueo organizado desde la jefatura gubernamental.

Karl Marx cuyas teorías económicas son válidas para los tiempos de la máquina a vapor y cuyo ateísmo ha fracasado en todos los pueblos del mundo, fue además algo que muy pocos han advertido: Un grandioso historiador. No solo el 18 de Brumario, sus tres libros dedicados a Francia relatan acerca de una historia viva, escrita con ese talento literario que nadie, ni sus más declarados enemigos, pueden menoscabar.

La descripción que hizo Marx del “Lumpenproletariat” pareciera retratar a los actores de los saqueos en las tiendas de Caracas, cuando un gobernante aterrorizado por una realidad que no entiende, decidió apelar no al pueblo sino al populacho, llamándolo a robar hasta “que no quede nada en los anaqueles”. Como si lo hubiera visto, así describió Marx a ese populacho.

Bajo el pretexto de crear una sociedad de beneficencia, se organizó al lumpemproletariado de París en secciones secretas, cada una de ellas dirigida por agentes bonapartistas y un general bonapartista a la cabeza de todas. Junto a ”roués” arruinados, con equívocos medios de vida y de equívoca procedencia, junto a vástagos degenerados y aventureros de la burguesía, vagabundos, licenciados de tropa, licenciados de presidio, huidos de galeras, timadores, saltimbanquis, “lazzaroni”, carteristas y rateros, jugadores, alcahuetes, dueños de burdeles, mozos de cuerda, escritorzuelos, organilleros, traperos, afiladores, caldereros, mendigos, en una palabra, toda es masa informe, difusa y errante que los franceses llaman la bohème: con estos elementos, tan afines a él, formó Bonaparte la solera de la Sociedad del 10 de diciembre, “Sociedad de beneficencia” en cuanto que todos sus componentes sentían, al igual que Bonaparte, la necesidad de beneficiarse a costa de la nación trabajadora.

Si la alianza objetiva entre los militares y el populacho corresponde a la última etapa del chavismo, no lo sabemos bien todavía. Lo que sí sabemos es que esa misma alianza llevó al fin del modo político de dominación llamado bonapartismo, el de Napoleón y el de Louis. Pero a diferencias de lo que pensaba Marx, la historia casi nunca se repite. Ni como tragedia ni como comedia. Aunque sí, tal vez, como tragicomedia.

Lo destacable es que los venezolanos están presenciando un cambio cualitativo en el carácter social y político del chavismo. Si ese cambio cualitativo puede transformarse en uno cuantitativo, dependerá de los resultados de las elecciones del 8D. Y si los demócratas organizados en la Unidad logran derrotar al oficialismo, podremos afirmar con seguridad que sí, que el Madurismo es efectivamente la última etapa del Chavismo.

Fuente: El Blog de Fernando Mires