La prensa está encantada. Las últimas dos semanas, las facciones que rivalizan por el liderazgo del partido conservador de la derecha gala, Unión por un Movimiento Popular (UMP) han pasado de un micrófono y de una cámara a otra.

Todo comenzó el 18 de noviembre cuando 180.000 militantes votaron para escoger al nuevo líder del partido luego de la enorme derrota sufrida por Sarkozy. La misma noche, Jean-François Copé, el saliente Secretario General, se declaraba vencedor ante los medios y François Fillon, quien fuera Primer Ministro de Sarkozy por cinco años, se declaraba también ganador. Ambos lados se acusaron mutuamente de fraude, particularmente luego que se confirmara el olvido de tres circunscripciones de ultra mar al momento de escrutar los votos.

Luego vino la escalada verbal. Fillon dijo que un partido no puede funcionar como una banda mafiosa y Copé repetía hasta el cansancio que le abría sus brazos al perdedor, hasta un cargo en la dirección del partido le ofreció a Fillon. Sin duda una provocación.

Ante la falta de acuerdo, Fillon, constituyó su propio grupo parlamentario con 68 miembros de los 229 diputados electos en junio pasado. Pero, pase lo que pase, la violencia verbal ha quedado como una mancha en apariencia imborrable. Ambición y ego han prevalecido, por encima de la necesidad imperante de crear una oposición fuerte, algo que la derecha francesa necesita con urgencia, si quieren retomar el poder en el 2017.

Más allá de las diferencias entre el eje de la derecha desinhibida que representa Copé y el estilo clásico de dirección de Fillon, el combate se redujo a una pelea entre dos hombres y no entre ideas, ni proyectos, ni visiones. Algo típico en el UMP que primero fue de Chirac y luego de Sarkozy. Un partido de hombres no de ideas.

La historia del que pretendía ser el único partido de la derecha francesa, fundado en el 2002, ha sido compleja desde sus inicios y no exenta de encontronazos. Gaullistas, centristas y liberales, han gobernado juntos pero se les ha hecho muy difícil convivir bajo una misma estructura partidista. Sarkozy estuvo a punto de alcanzar dicha unidad, lo intentó a cualquier precio.

Copé aspira convertirse en el nuevo Sarkozy, de hecho lo imita, pero con mucho menos carisma. El secretario general, más allá de haber impuesto su propia maquinaria, no goza de credibilidad política en la opinión pública, en virtud de sus recientes incursiones en posiciones propias de la extrema derecha.

Sin embargo, en algo estarían todos de acuerdo y es que solo Sarkozy podría salvar al UMP. En la espera, los centristas y el Front Nacional de la familia Le Pen, le sacan provecho a la crisis familiar del UMP, al tiempo que, Hollande, en medio de una severa caída de su popularidad, disfruta del show y respira.

 

@LDeLION

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