Al arzobispo de Mérida, Baltazar Porras, quien recordó con erudición los 500 años de El Principe.

En este enigmático 2013 se cumplen los cinco siglos de la aparición de El príncipe, el tratado político de Nicolás Maquiavelo que desde entonces ocupa la imaginación de los hombres de poder y de ambición, y de historiadores y científicos políticos. Acompañado de Simón Rodríguez, el joven Simón Bolívar estuvo en Florencia y, al parecer, allá leyó El Príncipe en 1805. No obstante, tuvo una relación extraña con Maquiavelo, y solía evitar mencionarlo, como si alguna nostalgia, (o necesidad de haber sido maquiavélico) reapareciera en sus días finales. Estas notas pretenden explorar esa compleja relación.

En Europa, y mientras andaba con Simón Rodríguez, se perfila la política como el destino de Bolívar. Están en París, y deciden asomarse a uno de los paisajes de más fascinante historia. Los episodios del viaje a Italia (Milán, Venecia, Ferrara, Bolonia, Florencia, Perugia, Roma) constituyen sucesos de relieve, porque señalan un tiempo propicio para el diálogo y el aprendizaje intelectual entre Simón el viejo y Simón el joven. En Milán, los viajeros tropiezan otra vez con Napoleón. Uno de sus biógrafos, Augusto Mijares, desdeña las anécdotas que pintan al joven Bolívar “en rebeldía” frente al gran corso. Mientras Bolívar y Rodríguez hacen escala en Florencia, Mijares revisita la figura de Nicolás Maquiavelo, y reflexiona sobre el influyente pensador y las circunstancias en que quizás un poco de maquiavelismo, por parte de Bolívar, hubiera podido darle otro rumbo a la historia. Al parecer, el joven biografiado leyó por última vez al secretario florentino en su propia ciudad, o a lo largo de su viaje italiano. Según O’Leary (citado por Mijares), Bolívar “no compartía en absoluto la admiración que suele atribuirse a este escritor”. ¿Tenía Bolívar, en verdad, prejuicios contra el autor de El príncipe?

Como para corroborarlo, O’Leary refirió esta anécdota: “Estando en Cartagena, poco antes de su muerte, me visitó Bolívar un día, y viendo sobre mi mesa un tomo de una nueva edición de las obras de Maquiavelo, observó que en vez de leerlas, podría emplear mejor el tiempo. A este propósito hablamos del mérito de esas obras y notando yo que Bolívar conocía a fondo cuanto contenía la nueva edición, le pregunté si la había leído recientemente; me contestó que desde su salida de Europa, hacía 25 años, no había vuelto a leer ni una línea de los escritos de Maquiavelo”. Sin rendirse ante el tratadista florentino, pero reconociendo sus singulares aportes a la ciencia política y al pensamiento, como al ejercicio de esos afanes, Mijares glosa el maquiavelismo, el ascenso de personajes (príncipes o no) según sus métodos, y sus caídas trágicas. “Por supuesto -escribe-, el día de la derrota y la dispersión, ese tortuoso acomodo personal desaparece, el hombre ‘irresistible’ de ayer escapa perseguido por las escobas de la chusma, los ditirambos se convierten en burlas o maldiciones, y la misma multitud que corría tras él para aclamarlo, lo persigue para escarnecerlo”.

Ahí estaban como ejemplos la reacción contra Alejandro VI apenas hubo muerto, y el precario destino de César Borgia, al perder la sombra del padre. Quizás advertido de estos desenlaces tan agudamente señalados por la historia, Bolívar rehusó adherirse al maquiavelismo como doctrina y como método. Con no menor perspicacia, Mijares apunta: “Su aversión a las artimañas y a las concesiones oportunistas de la política llegó a ser tan fuerte en él, que de virtud pasó a defecto”.

Se trata aquí de una cuestión crítica de la vida de Bolívar, y, por consiguiente, se hace necesaria una glosa in extenso del pensamiento de Mijares. Conviene precisar cómo los excesos de la virtud pueden devenir en pecados. De ahí que más allá de Maquiavelo, quizás sea el diablo quien está detrás de la política. Del anti-maquiavelismo de Bolívar abundan los ejemplos. Mijares recuerda que en 1822, cuando era árbitro de medio continente, Bolívar escribió al coronel Briceño Méndez: “Seré en las elecciones del Sur lo que he sido en las de todas partes. Quiero decir que no tendré en ellas la menor intervención, como no la he tenido jamás”. Conducta arrogante y honesta, pero suicida, porque sus adversarios no sentían iguales escrúpulos en utilizar sus altas posiciones para predominar en el Congreso, piensa el escritor, y observa que por esas razones, los partidarios de Bolívar, desconcertados, tenían que ser arrollados en los cuerpos deliberantes por los intereses o las ideologías que fácilmente se ponen de acuerdo en la cómoda posición de ser irresponsables o de velar por sus intereses personales. “Sin embargo, todavía un acuerdo con Santander -anota Mijares- hubiera podido derrumbar el soporte clave de aquella coalición; pero Bolívar no quiso mentirle a su adversario la amistad que antes le había otorgado; y después hubo de reconocer: ‘El no habernos compuesto con Santander nos ha perdido a todos’. En muchos otros casos, su repugnancia al trabajo político subterráneo y al regateo mendaz con sus opositores le ocasionaron angustias y reveses”.

Los inverosímiles episodios de la Convención de Ocaña resumen la historia: el uno se abstiene, el otro maniobra. Ese “no componerse” con Santander, quizás contaba también con José Antonio Páez. El desdén de Bolívar por las “artimañas y a las concesiones oportunistas de la política” fueron, pues, claves de muchos sucesos y desenlaces. Bolívar y Rodríguez andan en Italia, hacen la escala ritual en Florencia, aún no han llegado a Roma; en la ciudad del Arno no pueden escapar al espíritu de Nicolás Maquiavelo. Bolívar y Rodríguez respiran el aire de El príncipe, y el primero parece distanciarse para siempre de sus métodos políticos. El andar y ver seduce a los viajeros. Al fin, la ciudad de los césares, las ruinas como metáforas de la historia. En aquel ferragosto delirante de 1805, Bolívar y Rodríguez suben al Monte Sacro. Mijares busca el origen de las supuestas palabras de Bolívar y su juramento: fueron recogidas por primera vez por el historiador colombiano Manuel Uribe, en 1883, según confidencias de Simón Rodríguez. “La forma retórica bajo la cual se reproducen siempre y los añadidos con que suele adornársele, ni son fidedignos ni le añaden grandeza”.

El propio Bolívar dejó su testimonio en la carta que le escribió al viejo Simón desde Pativilca. Despojado de romanticismos, dice Mijares, el juramento dejó en el Libertador la impresión de un verdadero compromiso. Cuando Bolívar regresa a París a fines de 1805, vuelve con otras ideas. La primera, el reencuentro con Venezuela. En octubre de 1806, desde Hamburgo, toma un barco norteamericano (a pesar de los riesgos de un mundo en guerra, Napoleón contra todos), y el 1º de enero de 1807 toca tierra norteamericana en Charleston, Carolina del Sur; sube a Filadelfia y Nueva York, descubre entonces lo que llamó la “libertad racional”. Estaba en la presidencia Thomas Jefferson, quien como ministro norteamericano ante la Corte francesa había conspirado contra el antiguo régimen y escrito papeles subversivos. “Bolívar debió ver con asombro -escribe Mijares- cómo el esfuerzo individual era la medida de todas las adquisiciones”. De ahí pasó a Venezuela, a 20 años de fatigas, entre la realidad y la utopía. “El no habernos compuesto con Santander nos ha perdido a todos”. Algo semejante pudo haber dicho de Páez. Las palabras de Bolívar parecen retumbar como una advertencia sobre el anti-maquiavelismo, porque en política es tan riesgoso abjurar de Maquiavelo como obedecerle a ciegas.

@consalvi2013 

Enviar Comentarios