En junio de 1966, un profesor norteamericano de nombre Winthrop R. Wright llegó a Cumaná para enseñar en la Universidad de Oriente. Así se inició su relación con Venezuela, y de ese tiempo pasado en nuestro país tuvo origen su libro “Café con leche / Raza, clase, e imagen nacional en Venezuela”.

A lo largo de 5 capítulos, Wright explora la cuestión racial a través de una documentación impresionante. A “El mito de la democracia racial”, lo siguen “El legado colonial: tensiones raciales en una sociedad jerárquica”, “El blanqueamiento de la población, 1850-1900″, “El positivismo y la imagen nacional, 1890-1935″, y, finalmente, “Raza e imagen nacional en la era de políticas populares”, o sea, desde la muerte de Juan Vicente Gómez.

Wright piensa que, en cuanto a raza, “los venezolanos no aceptan definiciones exactas”. Usamos, sugiere, las expresiones negro y africano para describir a los negros puros. De esa población se excluyen, añade, en la mente de las élites, los mulatos de piel clara, los cuales pertenecen al mundo de los pardos, o sea, la mayoría. Nos diferenciamos (a su juicio) de los norteamericanos que, por llevar una sola gota de sangre, no dejan de considerarse negros.

A lo largo del siglo XX los venezolanos niegan tener problemas raciales, pero “de todos modos, colocan a los negros en una posición social inferior”. Si se reconoce alguna discriminación no es racial, sino económica. “Negros exitosos, dice Wright, mantienen una actitud similar: “…adoptan las normas de la sociedad de los blancos a la cual han sido admitidos, y rompen con su pasado”.

Para los años 40, según la perspectiva de “Café con leche”, la sociedad venezolana había conquistado un aceptable grado de integración racial, como consecuencia, por una parte, de una cierta expansión de la economía durante la Guerra Mundial, pero sobre todo de la liberalización del sistema político después de 1935. Los venezolanos constituyeron una sociedad café con leche, en la cual, aparentemente, gente de todas las razas podía pertenecer a todos los estratos sociales. No obstante, Wright puntualiza: “Obviamente, el mito de democracia racial no resiste el escrutinio del historiador”.

“En la historiografía venezolana, escribe Wright, la guerra federal dejó la inexacta, pero duradera creencia, de que puso fin a una serie de conflictos raciales que se remontaban a los días de la independencia”.

A esto responde: a) la élite de los blancos nunca aceptó como iguales a los no blancos, después de la guerra; no pasaron de otorgarles cierto limitado poder a los de piel oscura. b) ni la Guerra Federal, ni ninguna de las otras tuvo algo en común, por ejemplo, con el conflicto de Yucatán, en México, donde se enfrentaron castas y razas. c) a pesar de la retórica de los participantes, la guerra federal no se libró entre una y otra raza: blancos eran los jefes de los bandos, centralistas y federales; Juan Crisóstomo Falcón y Ezequiel Zamora eran blancos; Antonio Leocadio Guzmán y Antonio Guzmán Blanco estaban vinculados a la aristocracia caraqueña.

Durante el siglo XIX, dice Wright, los blancos se empeñaron en dar una imagen negativa de los negros, tanto en el folklore como en la literatura. Muchas de esas “imágenes” se remontaban a los días coloniales. Un adagio rezaba: “El dinero blanquea”, o sea, la pobreza ennegrece. En “Café con leche” se repasan estos decires. “Ciertamente, escribe Wright, el tipo de folklore coleccionado al final del siglo por Arístides Rojas atacó la personalidad, costumbres y valores éticos de los negros de Venezuela. Aun cuando los refranes más inocuos se burlaban de los negros como gente simple, o los describían como objetos sexuales, la mayoría los insultaba”.

De esos refranes o coplas de la época, Wright registra algunos: “La negra que se empolva, y luce su muselina, parece una caña quemada, con ceniza en la cabeza”. “Comencé a bañar un negro, para ver qué color cogía, y mientras más jabón le echaba, más negro se ponía”. “Un negro fue a bañarse, a ver si así blanqueaba; el agua se puso oscura, y el negro se quedó negro”. “Cuando un blanco come con un negro en compañía, o el blanco le debe al negro o es del negro la comida”.

“Negra era Santa Efigenia, la madre de San Benito; negros eran los clavos, con que clavaron a Jesucristo”. Al mismo tiempo, e irónicamente, dice Wright, la mujer negra simboliza la sensualidad y la belleza. Negrita y morena son términos de ternura. Los venezolanos, según “Café con leche”, consideran a las morenas como el tipo más atractivo de belleza; la copla lo expresa así:

“El hombre que va a morir,

sin amar a una morena,

deja este mundo por otro,

sin probar la cosa más buena”.

 

En el capítulo “Positivismo e imagen nacional, 1890-1935″, Wright entra al siglo XX, con Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez. Como preámbulo, hace algunas consideraciones sobre el “ser tachirense”, carta de identidad de ambos caballeros. Según los mismos tachirenses, escribe el profesor, “el Táchira tiene pocos negros, una gran porción de mestizos, y una aristocracia blanca. Los tachirenses se ven a sí mismos serios, industriosos, duros trabajadores de origen europeo. Son propietarios de sus pequeñas fincas, comen completo 3 veces al día, carne y trigo, y conocen pocos placeres personales. Además, suelen contrastar su vida austera con la de los más oscuros venezolanos de las tierras bajas, a los cuales pintan como descendientes de esclavos gozones y retozones”.

Winthrop Wright toca un ángulo generalmente desestimado en las relaciones entre Venezuela y los Estados Unidos: este, de la cuestión racial. Los venezolanos temían el expansionismo norteamericano, pero además, temían que las actitudes raciales prevalecientes en el Norte proliferaran en el Sur y que en el Norte propiciaran la emigración de negros hacia estas tierras. “La mayoría de los intelectuales venezolanos (dice Wright) no querían que se creara una sociedad segregacionista como la de Estados Unidos, con sus castas raciales separadas”. En una palabra, rechazaban la violencia racial. Wright piensa, finalmente, con Miguel Acosta Saignes que “hay problemas raciales en algunas áreas de la vida nacional”. El profesor concluye así: “Todos los asuntos considerados, los venezolanos merecen reconocimiento por haber superado los más condenables aspectos de las relaciones raciales. Los pardos venezolanos integran la gran mayoría y actúan abiertamente en una sociedad que los acepta como aparecen. Sus orígenes multirraciales no los detienen. Tampoco enfrentan cuestiones de pluralismo racial en la vida cotidiana. En cuanto a los blancos, tienen una opción; pueden recluirse en sus clubs exclusivos, e ignorar los avances de otros grupos raciales, o reconocer la realidad de que viven en una democracia racial, con la seguridad de que impondrán las normas en el momento indicado. Sólo los negros enfrentan las implicaciones del prejuicio que opera bajo la superficie. Ellos, probablemente, comprenden, más que ningún otro grupo racial en Venezuela, que los venezolanos quieren muy poquito café en su leche”.

Winthrop Wright, en conclusión, escribió e indagó con hondura, sobre uno de los temas tabú de nuestra sociedad, en los cuales pensamos sólo cuando alguien nos lleva de la mano, o nos quita la venda de los ojos.

“Café con leche / Raza, clase e imagen nacional en Venezuela” es un libro para pensarlo y para pensarnos. Nos invita, además, a mirarnos en el espejo.

@consalvi2013