Al despuntar 1929, la vasta red de la conspiración atraviesa el Atlántico, Paris escribe a Nueva York, Nueva York a las Antillas, a México, a Costa Rica; Montreal a Santo Domingo, a Cuba, a Colombia. Parten hombres de prisa, de incognito, enviados por la Junta Suprema de la Liberación de Venezuela, parten desde Paris hacia Venezuela, el Caribe, Estados Unidos.

El testimonio de quien estuvo presente en la ceremonia de suscripción del Pacto de Paris, puede ser invalorable, pero mucho más, si se trata de Rufino Blanco Fombona. 5 de julio, Día Nacional de Venezuela. La Asamblea general de la revolución se celebra en una casa de la Rue Miromesnil. Han llegado venezolanos de todas partes. El registro de don Rufino en su Diario es de un patetismo que raya en la crueldad del tiempo, no de quien escribe:

“He vuelto a ver caras de hace veinte y tantos años. Son las mismas y, sin embargo, son…otras. Son como las caricaturas de personas a quienes dejé de ver hace un cuarto de siglo. He oído resucitar en mis oídos voces muertas para ellos. Ciertas voces me han hecho más impresión que ciertas caras. Y caras y voces me han retrotraído a épocas mejores para nosotros y para nuestra patria. He visto a Baptista, los cabellos blancos; a Alcántara, sordo. Alcántara ha perdido, además del oído, la voz; apenas pude hablar. A Jugo Delgado, a quien dejé de cabellos rubios, lo encuentro ahora un anciano de ojos tristes y pelo nevado. A Camevali Monreal, muerto en las mazmorras de Gómez, lo creo reconocer en su hijo Atilano. La Asamblea ha elegido ~ una Junta Suprema de la Revolución que será, al pisar tierra de Venezuela, el primer gobierno revolucionario. Este gobierno convoca rá el país a elecciones; Se compone de diez miembros, de los cuales yo soy uno. Lo preside el Dr. José Santos Domínici, ex ministro de Venezuela en Washington, ex rector de la Universidad, médico que ejerce en Paris. Sirve de vicepresidente el ingeniero Alberto Smith, ex profesor de matemáticas, ex rector de la Universidad, ex ministro de Obras Públicas, persona de mucha figuración en la vida social de Venezuela. El Tesorero es Jugo Delgado, médico como Domínici, que ejerce en Nueva York. Secretario fui electo yo que ejerzo la mía en Madrid. Se ha querido nombrar un primer gobierno absolutamente civil y civilizado en contraposición al de la barbarie militarista de Juan Bisonte”.

El 28 de junio, Pocaterra toma en Montreal el vapor Ausonia, desembarca en el Havre el 6 de julio y el 7 amanece en Paris. Poco después se entrevista con el general Román Delgado Chalbaud, quien lo nombra Secretario General de la Jefatura Suprema del Ejército y lo informa del plan de la invasión. Rufino Blanco Fombona y Pocaterra se conocen entones en Paris. El primero lo retrata así: “Moreno, mate, como de cuarenta años, lampiño, de regular estatura, ancho de hombros, ancho de cara, ancho de frente, tiene Pocaterra la boca grande, poco graciosa, los ojos negros pequeños, el pelo también negro, liso, peinado hacia atrás, y habla con cierta abundancia elocuente…” El 9 de julio almuerzan juntos, en la plaza Panteón, frente al Luxemburgo. Después van al museo del Louvre, y a las 5 pm a un lugar discreto donde debe esperarlos el general Delgado Chalbaud.

Bastaba pronunciar una frase breve, anota Pocaterra, para tranquilizar todase las conciencias: “-Delgado tiene todo”. Sobre el general ha caído el peso financiero y se ha endeudado porque nadie más ha estado en capacidad o deseado contribuir. Delgado lo da todo, se escribe en las Memorias, porque don Antonio Aranguren no da casi nada. “Un plutócrata-castrista a quien Delgado va a pedirle una limosna, respon de: -”Cuando la vanguardia de ustedes esté entrando a Miraflores y la retaguardia vaya por Antímano…” O, sea, cuando nada se necesite. Este era el mapa de la realidad que pocos quisieron leer.

Comprometiendo sus bienes en hipotecas, Delgado Chalbaud adquirió un parque de 2.000 maussers, 25 carabinas, 25 pistolas Parabellum, 25 sables, 1.000 cartucheras, 20.000 cápsulas para pistolas, y 2.000.000 de cartuchos de mausser en peines de cinco tiros. Y, desde luego, el barco de 1.200 toneladas que ya los esperaba en un puerto polaco. Los expedicionarios viajaron por distintas vías a fin de no ser reconocidos. El 15, el general y Pocaterra tomaron el expreso Paris-Berlin. El 16 están en Danzig, y allí permanecerán hasta el 18, cuando el Falke leva anclas. Los expedicionarios venezolanos eran diez y nueve, más el jefe. Francisco Linares Alcántara, Doroteo Flores, Guillermo Egea Mier, Luis Rafael Pimentel, Francisco Angarita Arvelo, Raúl Castro, Carlos Mendoza, Luis López Méndez, Edmundo Urdaneta Auvert, Carlos Julio Rojas, Juan Colmenaes Pacheco, Rafael Vegas, Armando Zuloaga Blanco, Carlos Delgado Chalbaud, A. Morales Carabaño, Juan Ramón Frontado, Julio McGill Sarría, José Rafael Pocaterra y Julián Grafttieaux.

Delgado los recibe abordo con una arenga. El Báltico, el mar del Norte, el Canal de la Mancha, el viejo continente queda atrás; el Atlántico, el Caribe. Según el plan de Delgado Chalbaud, Gómez sería atacado por varios frentes de manera simultánea. Los generales Régulo Olivares y Juan Pablo Peñalosa por la frontera occidental; desde Santo Domingo, el coronel Simón Betancourt enviaría alrededor de 100 hombres a la isla La Blanquilla para abordar el Falke; desde tierra, y a la hora del desembarque, Pedro Elías Aristeguieta atacaría Cumaná por tierra. Para el general Juan Vicente Gómez la invasión no era un secreto: sus espías seguían cada paso, cada palabra de Delgado Chalbaud. Lo esperaba de un momento a otro. Pocaterra registró la penúltima visión que tuvo del general:

“La una y cuarenticinco minutos de la noche del once de agosto de mil novecientos veintinueve. La hélice gira a quince nudos. Vibra el parapeto de hierro.

Casi todos duermen. Pocos velamos.

Contra la barandilla del puente de mando, solo un hombre. Clava los ojos en el cielo oscuro, nubarroso, de su último día sobre la tierra. Y tiene las manos fuertemente enlazadas hacia la proa como quien formula un voto solemne”.

@consalvi2013