Es el 28 de octubre de 1904, y el general Cipriano Castro proclama su reelección presidencial para el periodo 1905-1911. Desde el balcón de la Casa Amarilla, el caudillo tachirense habló así: “Conciudadanos! Ningún día más propicio al objeto con que os habéis reunido que el del onomástico del Libertador y Padre de la Patria para proclamar, en forma plebiscitaria, mi candidatura para presidente constitucional de la República en el próximo periodo. Es como si dijéramos la proclamación, bajo mi nombre, de un corte de cuentas del pasado con el presente y el porvenir, para abrir de hoy en adelante, únicamente, la del engrandecimiento y prosperidad de la Patria en el seno del orden y de la regularidad administrativa”.

Un lenguaje y unas promesas que se repitieron muchas veces en la historia. Como si Castro dijera: “Conmigo comienza la historia. Como en tantas otras ocasiones, son Bolívar y Dios los protectores, y en el caso de Castro, era el “Dios de las Naciones” a quien invocaba con frecuencia.

Castro anuló lo que había aprobado la Asamblea Constituyente de 1901. El Art. 73 señalaba que el presidente ejercería sus funciones por un período de 6 años, sin reelección inmediata. Ahora reformó la Constitución y según su texto, podría ser reelegido por un Cuerpo Electoral integrado por 14 miembros del Congreso. Naturalmente, fue reelegido por unanimidad. Sus 14 electores, entre los cuales había un ex Presidente de la República, no valoraron ni su obra desde 1899 ni lo que podría significar su continuación en el poder. Quería, además, presidir las ceremonias del primer centenario de la Independencia de Venezuela. (Siempre hay una excusa patriótica en toda ambición de poder).

¿Qué podía exhibir de su récord presidencial para optar a la reelección? Innumerables conflictos, el bloqueo de las potencias europeas, la última guerra civil, la Revolución Libertadora, a la cual se le había puesto fin apenas seis meses antes del año 1904, el 20 de julio de 1903, cuando Juan Vicente Gómez derrota a los viejos caudillos en Ciudad Bolívar. La Revolución Libertadora se prolongó en el tiempo, y dejó más de 20.000 muertos. Es difícil imaginar que en 1904 el país se hubiera recuperado de semejante trauma. No obstante, don Cirpiano quería seis años más y lo logró, pero el destino dijo la última palabra.

Simón Alberto Consalvi