Era tanta la vanidad del Ilustre Americano, general y doctor Antonio  Guzmán Blanco, y tantos los años que llevaba en el disfrute del poder absoluto, que los venezolanos se sintieron asfixiados, y optaron por apelar al arma todopoderosa del humorismo y de la sátira. Cuenta Ramón J. Velásquez que en una modesta sombrerería de la parroquia de San Juan, cerca de la plaza de Capuchinos, trabajaba un personaje de nombre Francisco Delpino y Lamas. Un nombre sonoro y largo que ya era como una incitación a la burla. “A don Francisco, refiere RJV, le había dado por considerarse el rey de los poetas y, poco a poco, fue abandonando su modesto y tranquilo trabajo de fabricante y restaurador de sombreros para vivir en trance lírico”.

Sus versos más o  menos maltrechos y cojitrancos se publicaban en La Opinión Nacional y eran objeto de sarcasmos y divertimientos. Los universitarios lo invitaban a recitales, lo aplaudían con furor, pero el bueno de don Francisco confundía aquello con la consagración de su poesía. El sombrerero se sentía tan grande como don Andrés Bello. Poco a poco fue perdiendo la noción de la realidad, y se elevaba a las alturas del Parnaso.

De pronto algunos estudiantes, astutos e inteligentes, vincularon la locura del poeta sombrerero con las glorias del Ilustre Americano, quien gobernaba desde Paris. Y armaron lo que se conoció como “La Delpinada”. Y así organizaron una gran ceremonia en donde don Francisco Delpino y Lamas fue coronado como “el gran poeta de todos los tiempos”. Tuvo lugar en el Teatro Caracas, la tarde del 9 de marzo  de 1885. Proliferaron los discursos, las aclamaciones, los ditirambos. Mientras más estrambóticos los elogios a la grandeza del sombrero-poeta, más evidente se fue haciendo la vinculación con la fatuidad del general afrancesado que, a su vez, se sentía gran intelectual, y había pronunciado un discurso de falsas erudiciones en la Academia de la Lengua, muy estudiando también por el doctor Velásquez.

Así se inició la gran burla nacional al hombre fuerte que ponía y quitaba presidentes, mientras gobernaba desde la capital de Francia. “Hacer reír a los caraqueños de los delirios delpinianos del dictador, para que cayesen en cuenta que Guzmán Blanco era el mayor de los Delpino y Lamas”. El propósito de los estudiantes tuvo gran éxito. Como escribió RJV, lograron castigar el engreimiento de Guzmán Blanco, “la farsa institucional de tantos años, su abuso de poder traducido en la alteración de la verdad histórica, en la enfermiza vanidad, en el cambio de nombre de los estados para bautizarlos con su apellido”. Todo en Venezuela se llamaba “Guzmán Blanco”. Los estados, los puentes, las avenidas, las escuelas, los cuarteles. No se sabe cómo se salvó el Ávila de llamarse también “Guzmán Blanco”.

Eso fue “La Delpinada”, un episodio de la ironía que dio sus frutos, la gente se rió y perdió el miedo y todo cambió. Vale la pena pensar en lo que el humorismo ha significado en la historia. Con razón, el Ilustre Americano le tenía más miedo a los “chistecitos” que a las conspiraciones de sus solemnes generales.

@Saconsalvi

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