Nos acercamos de nuevo al Día de los Derechos Humanos, único del año donde la excusa de conmemorar la adopción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948, sirve para recordar a las autoridades sus obligaciones sobre la materia y para recordarnos a nosotros mismos, aquellos derechos que nos son inherentes y que reafirman nuestra dignidad incluso en las peores de las circunstancias.

El ámbito de la protección de los derechos humanos en el marco más general del ordenamiento jurídico internacional, es el que ha tenido mayor codificación y desarrollo. De aquella Declaración surgió de manera lenta pero progresiva una amplia gama de tratados que abarcan distintas categorías de derechos humanos y abordan la atención especial a los grupos más vulnerables. Más importante aún, gracias a esa pléyade de instrumentos se han creado varios sistemas internacionales de protección.

Lo anterior va de la mano con una mayor conciencia global sobre los derechos humanos, que se ha traducido en demandas reivindicativas que han puesto en aprietos a regímenes autoritarios y despóticos, a quienes controlan a los países poderosos, a modelos políticos fracasados que se niegan a morir e incluso a grupos insurgentes y hasta terroristas. Ya hace tiempo que los derechos humanos dejaron de ser un coto exclusivo de activistas y defensores pertenecientes a grupos de presión u organizaciones no gubernamentales.

Pero esto no necesariamente ha venido de la mano de una traslación efectiva entre  obligaciones/responsabilidades y acciones sobre el terreno. Cierto es que existe una legislación internacional que se ha perfeccionado y que el ciudadano de a pie de cualquier país tiene hoy más opciones que antes para solicitar el amparo de sus derechos. Sin embargo, la realidad nos sigue diciendo que muchos gobiernos, con pretextos de diversa índole y con el escudo del soberanismo, se niegan a escuchar clamores universales en perjuicio de su propio pueblo.

En toda hostilidad armada los que más penurias padecen son los que menos tienen que ver en la misma. Igual en las situaciones de violencia y disturbios interiores, tensiones políticas y un largo etcétera. Los derechos humanos continúan siendo una utopía entre quienes huyen de las bombas o del narcotráfico. Entre quienes se esconden de militares y rebeldes. Entre quienes ven pisoteadas sus libertades por las fuerzas del orden. Entre quienes son encarcelados por expresar sus opiniones.

La búsqueda de los derechos humanos no es una búsqueda etérea o aferrada a postulados abstractos. La esencia misma de la Humanidad descansa sobre ello. Y es que no es coincidencia que la propia Carta de las Naciones Unidas plantee como uno de los propósitos de dicha organización multilateral, la protección de tales derechos. El cómo y con quién, persiste como una incómoda incógnita ante algunas situaciones en las que la falta de voluntad política internacional impide un accionar más expedito. Siria, el ejemplo más acabado, pero lamentablemente, no el único.

Está ampliamente comprobado, ya no doctrinal sino empíricamente, que el desarrollo junto con los derechos humanos son elementos indispensables para una paz duradera, de lo cual se deduce que allí donde prevalece el conflicto y la violencia es allí donde la pobreza hace estragos y las libertades fundamentales se encuentran más que ausentes. Ver un mapa de las guerras actuales en el mundo es un indicativo claro de esta afirmación.

La responsabilidad internacional choca de frente con los gobiernos en este y el resto de los hemisferios, que asumen que el ejercicio de la autoridad no admite escrutinio ni límites. Como si dicho ejercicio no tuviese como fin último, precisamente el pleno goce y ejercicio de los derechos humanos. Son decenas… son miles las personas que mientras Ud. lee estas líneas sueñan con que alguien haga algo por ellas o al menos, se preocupe por su crítica situación.

Omar Hernández
Internacionalista
@omarhUN